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Ron, el fracaso de traicionar una forma de hacer banca

Ángel Ron, que hoy entregará su presidencia de 14 años al frente del Banco Popular, ha sido la sorpresa, lo inesperado en una entidad financiera que llevaba en su ADN la estabilidad, la seguridad… huir de los grandes riesgos. Ron acaba cayendo por traicionar los principios de un banco que siempre se comparó con las cajas cuando éstas eran paradigma de lo seguro.

Luis Aparicio Pérez Director de Contenidos de INVERTIA / www.invertia.com
Jueves, 1 de Diciembre de 2016 - 11:14 h.
Luis Aparicio Luis Aparicio

Puede establecerse un paralelismo algo macabro entre el final de las cajas de ahorros y el adiós de Ángel Ron al frente del Banco Popular. Ambos tenían antes del boom inmobiliario modelos de negocio muy similares, con la diferencia de una apuesta mucho más decidida del Popular por las pymes. Pero su punto en común era no asumir riesgos excesivos: banca doméstica, poca implicación con la industria, una división de crédito muy exigente y, además, un gran control de los gastos. En Popular se decía que sus trabajadores siempre rellenaban los folios por las dos caras… y también por los cantos.

En estos pilares se basaba el éxito del Popular que año tras año aparecía como el banco más rentable del mundo. El banco de la antisorpresa. Paso a paso, poco a poco, con su tamaño mediano era la joya de la banca española que todos pretendían. Pero un núcleo accionarial sólido y un precio en Bolsa que solía reflejar esa historia de éxito hacían difícil cualquier operación hostil sobre el banco. Los hermanos Vals (Luis y Javier) que precedieron a Ángel Ron iban a lo suyo. Les sonaba a chino internacionalizar la entidad o meterse en grandes berenjenales de riesgo. Eso era cosa de Santander o BBVA, entonces divididos en muchas más entidades.

Les confieso que Banco Popular era mi recomendación continua a aquellos que me preguntaban qué compraban en Bolsa, presumiendo que esto de escribir todos los días del mercado me confería un gran poder de adivinación o análisis. Tras intentar sortear la predicción y ante la insistencia de mi interlocutor, acababa siempre diciendo que compraran populares. Sus dividendos en efectivo, sus ampliaciones de capital gratuitas y el sólido crecimiento de su beneficio permitían dormir tranquilos a todos tras este veredicto. Los había más osados que me pedían un pelotazo de días o semanas: “con esto del Popular no me dices nada nuevo”, me increpaban. “Pues lo siento, no hay más”, les respondía.

Con estos precedentes, esta filosofía de banco aburrido y rentable que no daba grandes titulares llegó Ángel Ron a la presidencia de la entidad entre un grupo de aspirantes que la prensa llegó a bautizar con ingenio como los “doce apóstoles” del Popular. Pero vinieron tiempos de euforia con las hipotecas, las promotoras, los gigantescos créditos a grandes empresas y nuestro presidente sí que sucumbió a los cantos de sirena de los tiempos. Difícil no hacerlo, tal vez. Difícil perder tamaño y peso en favor de mantener unos principios de entidad hipersólida y segura. Todo es comprensible y muy sencillo hablar a toro pasado.

Pero Ron cayó en la tentación que los hermanos Vals habían evitado. El banco asumió riesgos excesivos, se infló de ladrillo y de créditos industriales y promotores demasiado pesados. Hasta ahí, nada muy diferente a lo que hicieron algunos bancos (más diversificados en otras economías) y la práctica totalidad de cajas de ahorros. Luego, esa gran pelota crediticia además no se supo gestionar con rapidez y decisión. Hubo cierta soberbia al no pedir ayuda a tiempo y una falta casi total de reflejos para hacer los movimientos que amortiguasen los errores. Como resultado, el derrumbe del banco en Bolsa y la llegada de las inesperadas pérdidas a la entidad otrora más sólida.

Esta estrategia bancaria no muy diferente al resto de la banca supone también una traición a su accionariado clásico. A su sindicatura de accionistas, a los que estaban en Popular buscando el refugio de su gestión segura, sin deslices. A aquellos que recomendábamos el banco si no se quería perder dinero. La caída del Popular es la historia de una traición a una manera de hacer banca que se produce en uno de los momentos más eufóricos y depresivos para la economía mundial. ¡Con lo fácil que hubiera sido seguir haciendo lo mismo, Ángel!

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