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La fiesta del dinero gratis acaba... ¡con más deuda que nunca!

Los bancos centrales creían que estaban comprando tiempo para que los países, las empresas y los hogares hicieran sus deberes y se sanearan para dejar atrás la crisis. Y, posiblemente, con sus históricas actuaciones evitaron algo (aún) peor. Pero siempre hay matices en forma de efectos secundarios. Y ahora el mundo carga con más deuda que nunca.
Pedro Calvo / Invertia
domingo 15 de abril de 2018  -  06:00

Porque eso, que el planeta no deja de generar deuda y más deuda, es lo que ha vuelto a poner de relieve esta semana el Instituto Internacional de Finanzas (IIF, por sus siglas en inglés). Su ‘Monitor Global de Deuda’ cuenta ya que “la montaña global de deuda creció en 2017 en unos 21 billones de dólares, que conducen a un máximo histórico de 237 billones de dólares”. En euros, unos 193 billones de euros. Es decir, unas 166 veces la economía española y unas tres veces el Producto Interior Bruto (PIB) global.

El mundo jamás había soportado antes tanta deuda. Y es un ‘problema’, porque ese mismo mundo camina hacia unas condiciones monetarias menos benignas, con lo que esas cargas financieras cada vez serán mayores y su renovación, cada vez más cara. Por ahora, el banco central más poderoso del mundo, la Reserva Federal (Fed) estadounidense, ya ha subido los tipos seis veces desde 2015 y ha empezado a reducir su balance. Canadá también está subiendo los tipos y Reino Unido lo hará en los próximos meses, en tanto que del Banco Central Europeo (BCE) se espera que finalice sus políticas de compras de deuda este año para dar paso al incremento de los tipos en 2019.

Ninguno lo está haciendo -ni lo hará- de manera drástica, sino gradual, muy gradual, precisamente para no arruinar la recuperación económica. Pero el caso es que, poco a poco, el dinero y la deuda serán más caros. Y el mundo asiste al fin de la ‘fiesta del dinero gratis’ con más deuda que nunca.

Ración de efectos secundarios

Es lo que tienen los incentivos. Con sus expansivas medidas, los bancos centrales pensaban que estaban comprando ese tiempo para agilizar los saneamientos pendientes en las esferas pública y privada. Y posiblemente fue. Posiblemente su histórica respuesta monetaria evitó una crisis aún más dura. Una 'Gran Depresión 2.0'. Pero los efectos secundarios siempre acechan. Y ahora emergen con una montaña de deuda voluminosa y desafiante que ha sido estimulada por las políticas monetarias de la última dñeca. Y por dos vías, además.

Por un lado, porque los bajos tipos de interés han alentado contraer nueva deuda o renovar la ya existente con unas condiciones más ventajosas. ¿Para qué amortizar deuda si se puede refinanciar más barata?, es uno de los mantras de los últimos años. Es más, incluso se ha optado por contraer deuda para retribuir a los accionistas, porque salía más conveniente.

Y por otro, porque las billonarias inyecciones de liquidez de los bancos centrales –el balance de la Fed ha crecido de los 0,8 a los 4,5 billones de dólares en la última década y el del BCE de 1,2 a 4,5 billones de euros- han cargado de ‘munición’ los bolsillos de los grandes inversores y han alimentado una carrera por la rentabilidad que se ha ‘comido’ toda la deuda que ha llegado al mercado, desde la de más calidad hasta la de menos, desde la soberana hasta la ‘high yield’. Es más, no se han ‘comido’ más porque los bancos centrales, con sus compras de deuda pública y privada en el mercado, han rivalizado con ellos a la hora de quedarse con porciones considerables de esa creciente tarta de bonos.

El difícil camino de vuelta

Esos tipos y ese apetito han deprimido las rentabilidades también hasta niveles históricos. Se han llegado a contar por billones de euros los títulos soberanos que han llegado a mostrar rendimientos negativos -el que compra la deuda paga un interés al que la emite- en 2017, derivados de unos tipos históricamente bajos -en el 0% e incluso por debajo- y de unos precios también elevados en algunos segmentos. Todo ello con un agravante: el mercado se ha posicionado de un único lado, el comprador. Era lo lógico, teniendo en cuenta el grado de intervención de los bancos centrales en los mercados de deuda, pero ahora constituye una ‘bomba’ a poco que las condiciones se den la vuelta.

El propio BCE admite en su Informe anual 2017 que el notable grado de complacencia imperante en los últimos años representa actualmente un peligro potencial, puesto que cualquier ajuste desata los nervios, al pillar a los inversores no sólo desprevenidos, sino también ‘desentrenados’. “La posibilidad de un reajuste abrupto y significativo de las primas de riesgo a escala mundial continuó siendo el principal riesgo en 2017”, reconoce la entidad presidida por Mario Draghi. Y aunque hubo conatos de inestabilidad, lo cierto es que 2017 terminó siendo un ejercicio tranquilo. “El año fue testigo, en general, de una reducida volatilidad en los mercados financieros, de unas elevadas valoraciones de los activos y de unas primas de riesgo comprimidas en algunos mercados, lo que apunta a una mayor asunción de riesgos”, expone. Y añade: “En concreto, los diferenciales de los emisores de renta fija de mayor riesgo se mantuvieron muy reducidos, reflejo de la percepción de los participantes en los mercados de una baja probabilidad de aparición de debilidades”.

O lo que es lo mismo, la encarnación de la complacencia, evidente incluso para los ojos del BCE, aunque le cueste reconocerlo: “Aunque esta evolución se debió, en parte, a la mejora de las condiciones macroeconómicas y, por tanto, estuvo impulsada por factores fundamentales, aumentaron los indicios de que los mercados financieros podrían no estar del todo atentos a la posibilidad de un cambio súbito de sentimiento”.

Los primeros meses de 2018, y en especial el repentino retorno de la volatilidad en febrero, constataron eso mismo, que los inversores no estaban “del todo atentos” a un cambio de escenario. Y durante esos días en los que el principal índice de la volatilidad, el índice VIX, llegó a subir más de un 100% en una única sesión y en los que superó incluso los 50 puntos, el mercado sufrió.

Con todo, la renta fija aguantó bien el tipo. Pero fue un aviso de lo que puede esperar. Uno muy serio, eso sí. Por eso en los mercados se quiere pensar en que los bancos centrales serán cuidadosos; por eso el respeto que impone la posibilidad de que la Fed suba los tipos cuatro veces, y no las tres previstas, en 2018, por el efecto que puede tener en las curvas de rentabilidades. En especial en la estadounidense, donde por ahora el rendimiento del bono a 10 años, clave para la deuda hipotecaria norteamericana, permanece bajo el 3% -en el 2,85%-, pero con todas las miradas -y todas las preocupaciones- puestas en la posibilidad de que salte de esa barrera a poco que a la Fed le entren las prisas. Porque si ese rendimiento brincara al 3,25% o más allá, el impacto en el bolsillo de las empresas y los hogares sería ya más pesado.

El reto, por tanto, está planteado. La fiesta monetaria se acaba. Y el mundo asiste a los bises con más deuda que nunca y una petición: que los bancos centrales atinen en su estrategia de salida. Pero no lo tienen fácil, porque caminan sobre un terreno monetario inexplorado. Es la duda que manifiestan desde Algebris Investments: "Es difícil sincronizar un cambio de régimen en los mercados. Los banqueros centrales han asegurado a los mercados que la transición de la expansión cuantitativa y los bajos tipos de interés hacia la normalización será gradual y ordenada. ¿Pero lo conseguirán?".

 

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