Economía | Especial Lehman (I)

Fuld, Paulson, Bernanke, Geithner y los seis meses de orgullosa agonía de Lehman

La quiebra del banco estadounidense Lehman Brothers cumple ya diez años. Fue el evento que partió la crisis en dos y le otorgó ya una gravedad histórica. Y resultó curioso porque, en realidad, su caída no supuso ninguna sorpresa, sino que se vino venir. Entonces, ¿cómo terminó ocurriendo?
Pedro Calvo / Invertia
domingo 9 de septiembre de 2018  -  06:00

Al otro lado del teléfono, Jean-Claude Trichet, entonces presidente del Banco Central Europeo (BCE), no daba crédito a lo que estaba escuchando. Su interlocutor, Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal (Fed) estadounidense, le estaba comunicando que la bancarrota de Lehman Brothers era inevitable. “Bajo ninguna circunstancia debéis permitir que caiga esta entidad”, advirtió Trichet. “No tenemos alternativa”, replicó Bernanke. “Creo que el resultado de esto será, desde luego, muy grave”, remató el banquero francés.

La escena, narrada por Neil Irwin en el libro ‘Los alquimistas’, ocurrió en la tarde-noche del 14 de septiembre. Lehman Brothers, uno de los históricos de la otrora todopoderosa banca de inversión de Wall Street, fundado en 1850, estaba sentenciado. Y Trichet, esta vez sí, estaba en lo cierto: su quiebra iba a traer consecuencias “muy graves”. Históricas, porque fue el evento a partir del cual la crisis mostró toda su crudeza y desató la mayor tormenta financiera y económica desde la Gran Depresión.

LA MANIOBRA QUE LO CONDICIONÓ TODO

Y esta es una de las piruetas más esperpénticas de la crisis. Porque, en realidad, su desmoronamiento no supuso ninguna sorpresa. Su destino estaba telegrafiado desde al menos seis meses antes. En concreto, desde que la Fed maniobró de urgencia en marzo para evitar una quiebra desordenada de Bear Stearns. Bajo la batuta de Bernanke y del presidente de la Fed de Nueva York, Timothy Geithner, se apañó una operación mediante la que Bear Stearns fue engullido –que no salvado, porque realmente desapareció- por JPMorgan.

Bernanke y Geithner actuaron así, en connivencia con el Secretario del Tesoro, Henry ‘Hank’ Paulson, como mal menor, porque el mal mayor consistía en dejar caer sin más a una entidad tan interconectada en los mercados como Bear, lo que podría traer unas consecuencias fatales. El proceso, eso sí, no estuvo exento de polémica. En el diseño de esta operación, la Fed estrujó su mandato para poner a Bear Stearns, un banco de inversión que estaba fuera de su jurisdicción, a su cobijo, un atajo criticado desde fuentes políticas y legales estadounidenses. Y hasta monetarias, porque el expresidente de la Fed, Paul Volcker, una eminencia en la materia, criticó abiertamente aquella resolución. Además, ayudar a Bear Stearns implicaba acudir en auxilio de una entidad que, con sus propias decisiones, se había condenado, con lo que proporcionaba una considerable ración de riesgo moral, es decir, de premiar a quien lo había hecho mal.

"QUIERO ARRANCARLE EL CORAZÓN Y COMÉRMELO"

Lejos de ser anecdótica, la operación de Bear Stearns condicionó por completo, y hasta condenó, el desenlace de Lehman. Para empezar, nada más cerrar esa maniobra de urgencia en marzo, el mercado puso ya en su punto de mira al siguiente en la lista de los bancos de inversión mortalmente contagiados por el virus del pinchazo de la burbuja hipotecaria estadounidense. Y no era otro que Lehman Brohters.

Y allí, junto a Bernanke, Geithner y Paulson, estaba el cuarto personaje principal de la trama de Lehman, su presidente, Richard ‘Dick’ Fuld -en la foto-. Su apodo, ‘El Gorila’, constituye una magnífica y gráfica carta de presentación para una persona que dirigía con orgullo una institución que bajo su mandato desde mediados de los 90 había recuperado resplandores pasados.

Llegó a un banco que en 1993 perdía 102 millones de dólares y que en 2007 su timón de hierro lo condujo a un beneficio superior a los 4.000 millones. En sus memorias, Bernanke define a Fuld como “un hombre intensamente competitivo y enjuto, con ojos hundidos y temperamento inestable”. Por eso se lo tomaba todo como algo personal. Orgullo, todo orgullo, un ingrediente clave en la evolución de los acontecimientos. "Cuando encuentre a un inversor bajista –los que toman posiciones en un valor a la espera de que sus acciones caigan-, quiero arrancarle el corazón y comérmelo ante sus ojos mientras todavía está con vida", escribió Andrew Gowers, director de comunicación de Lehman durante los últimos meses de la entidad, en un tremendo relato publicado en ‘The Sunday Times’ en diciembre de 2008.

Lo demostró en los meses posteriores a la maniobra de Bear Stearns. Fuld no era ajeno a que el mercado le había tomado la matrícula a Lehman, lo consideraba de hecho un ataque personal, pero siempre confió en las posibilidades del banco. Y en las suyas. 

Su agonía, sin embargo, ya estaba en marcha. Sí, desde marzo. Lo que empezó entonces, con las acciones del banco aún por encima de los 40 dólares, fue una suerte de ceremonia mortuoria que se prolongó durante seis meses, con momentos en los que Lehman parecía respirar mejor… en vano, porque rápidamente las esperanzas se desvanecían de nuevo.

Si era el siguiente es la lista no se debía a que los inversores odiaran a Fuld. No era personal. Sólo negocios, los vinculados a su arriesgada y duradera apuesta por el sector inmobiliario y los activos hipotecarios. Y números, como los del balance de la entidad. Un capital de 26.000 millones de dólares soportaba unos activos de más de 600.000 millones. Un apalancamiento, por tanto, de 25 veces, un equilibrio difícil sobre el que se vertían toneladas de dudas por la valoración, inflada y desconectada de la realidad a ojos del mercado, que Lehman seguía dando a sus activos inmobiliarios e hipotecarios.

Fuld protagonizó declaraciones solemnes en las que presumía de la fortaleza y la liquidez del banco, buscó capital, la entrada de rutilantes inversores, como Warren Buffett, y, sobre todo, posibles compradores que desempeñaran el papel que JPMorgan representó con Bear Stearns. Sonaron el coreano Korea Development Bank, el chino Citic, el británico HSBC… pero ninguna posibilidad fructificó, en parte por las altas pretensiones que imponía el orgullo de Fuld, contrario a malvender ‘su’ banco. Y mientras tanto, para enojo de Fuld, la acción se seguía despeñando. Bajo los 30 dólares en junio. Por debajo de los 20 en julio. Y a 16 dólares a comienzos de septiembre.

LEHMAN NO ES BEAR STEARNS... NI MERRILL

El tiempo se acababa. Por unos días, la atención se desplazó a las mastodónticas hipotecarias estadounidenses Fannie Mae y Freddie Mac, rescatadas por el Tesoro durante el primer fin de semana de septiembre. Pero llegó el lunes. Ese día, las acciones de Lehman se dejaron 13%. Casi nada en comparación con el 45% del martes. El miércoles se dejó un 7%... pero fue un día definitivo, porque Lehman anticipó la presentación de resultados prevista para la semana posterior y anunció unas históricas pérdidas trimestrales de 3.900 millones de dólares. El banco se estaba desintegrando. Otro 42% de castigo en bolsa el jueves. Y un 13,5% adicional el viernes, hasta los 3,65 dólares. En total, un hundimiento del 77% en una semana.

Terminó el viernes, aunque no la semana. “Los dos días siguientes fueron los más importantes para el capitalismo global de los tiempos modernos”, narra Irwin. No quedaba tiempo. Y las posibilidades se esfumaban. Tras la operación de Bear Stearns y el rescate de Fannie y Freddie, Paulson se plantó. Se negó a que la Administración acudiera en auxilio de nadie más. No iba a poner sobre la mesa ningún dólar adicional de los contribuyentes. Tras pasar por 'lo' de Bear Stearns -sí, otra vez ese precedente-, Paulson, Bernanke y Geithner asumieron que la Fed no podía ofrecer un salvavidas, en forma de un préstamo de urgencia, a un banco con tan pocas, malas e inciertas garantías como Lehman.

Una cosa era retorcer la ley para financiar a los bancos de inversión, y otra muy distinta, a su parece, saltarse el sacrosanto principio de prestar contra un buen colateral y a intereses altos. No estaban dispuestos a pasar por eso. El pasado de Paulson como consejero delegado de Goldman Sachs, el coloso de la banca de inversión al que Fuld odiaba, y sus poco amistosas relaciones con el presidente de Lehman tampoco ayudaron.

“El principio rector de todo el fin de semana fue que Wall Street, no la Fed, sería quien rescataría a Lehman Brothers”, prosigue Irwin. Pero sin respaldo estatal todo era más difícil. Imposible. Ningún banco confiaba tanto en los libros de Lehman ni en sus propias capacidades financieras para, en lenguaje de Geithner, “colocar almohadones” con los que frenar la caída de Lehman. El único interesado de Wall Street, Bank of America, no terminó de dar el paso ni fue lo suficientemente incentivado ni empujado para hacerlo. Eso sí, no se marchó de vacío, puesto que ese mismo fin de semana selló la compra de otra histórica firma que también estaba moribunda, Merrill Lynch. Corrió mejor fortuna. Como horas después la aseguradora AIG, a la que las autoridades sí aplicaron un masaje cardíaco de urgencia mediante un préstamo de 85.000 millones de dólares por parte de la Fed. Paradójicamente, el 'no rescate' de Lehman dio el pistoletazo de salida a una semana en la que, ante el tsunami financiero desatado tras la explosión de Lehman, al propio Paulson, contrario a utilizar más dinero de los contribuyentes, no le quedó otro remedio que diseñar y presentar un fondo de rescate de 700.000 millones para apuntalar a la maltrecha banca estadounidense.

Pero para Fuld no hubo solidaridad en Wall Stret. No hubo comprador interior para Lehman. Ni exterior. Ni asiático ni europeo, puesto que Barclays, el último pretendiente en liza, finalmente dio un paso atrás avisado por las autoridades británicas de que no contaría con ningún tipo de aval de la Casa Blanca.

La ceremonia de la confusión se agravó por un error de cálculo que en pocas horas se revelaría monumental. “Paulson y Bernanke expresaron su convencimiento de que, dado que habían transcurrido seis meses desde el rescate de Bear Stearns, los mercados habían tenido tiempo suficiente para prepararse –tanto financiera como psicológicamente- para el posible deceso de Lehman Brothers”, explica Alan Blinder, economista y exvicepresidente de la Fed, en su libro ‘Y la música paró’. 

Y así, como si esos seis meses sólo hubieran servido para ir dando forma a lo inevitable, Bernanke llamó a Trichet aquel fatídico segundo domingo de septiembre. Lehman era historia. Literalmente. Cuando amaneció el 15 de septiembre, Lehman ya no estaba allí. Para sorpresa de Trichet. Para sorpresa de los mercados, que hasta entonces habían pensado que sí, que Lehman estaba mal, pero que a última hora alguien le ayudaría, que nadie, en su sano juicio, dejaría caer sin más a un jugador tan potente en la maquinaria financiera mundial. Y luego, y ya para siempre, para sorpresa del mundo, que chocó de frente contra una crisis histórica.

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