Economía | Especial Lehman (IV)

Lehman Brothers, el despertador que sonó a 5.700 kilómetros… y estalló en tu bolsillo

Para cuando cayó Lehman, la crisis ya estaba en marcha. Pero su quiebra precipitó y, sobre todo, agravó los acontecimientos. Y lo que parecía muy lejano, por ocurrir en EEUU, entró de manera inevitable en nuestras casas.
Pedro Calvo / Invertia
miércoles 12 de septiembre de 2018  -  06:00

La crisis estaba ahí. Para cuando quebró Lehman Brothers, el 15 de septiembre de 2008, su engranaje llevaba meses en marcha. En EEUU. Y en España. La caída del banco estadounidense aceleró y amplió su explosión definitiva, le otorgó un carácter desordenado, caótico. Pero los males, en forma de burbujas inmobiliarias, billonarias inversiones en deuda respaldada por hipotecas, deuda privada, déficits por cuenta corriente y dependencia de la financiación exterior, cargados deuda exterior y altos déficits por cuenta corriente, ya estaban sembrados en la economía y las finanzas mundiales.

Lehman también fue un despertador. “La quiebra de Lehman Brothers supuso un gran estruendo que despertó a muchos ciudadanos de su sueño”, enfatiza el economista José Carlos Díez en su último libro, ‘De la indignación a la esperanza’. Y añade: “El crédito se secó, tocó pagar las deudas y muchas familias aterrizaron de repente en la realidad y tuvieron que ajustar bruscamente su nivel de gasto, algo que al ser humano le genera desasosiego e infelicidad”.

Su quiebra, por tanto, detonó todos los excesos acumulados y dio paso a la purga propia tras años de excesos y alegrías. Porque el colapso de Lehman no era algo lejano y ajeno. Ocurrió en EEUU, a casi 6.000 kilómetros, pero su onda expansiva de propagó por todo el mundo. El contagio se extendió a través de los mercados financieros y el sistema bancario. Las cotizaciones se hundieron, los bancos dejaron de financiarse entre sí y cerraron el grifo crediticio a las empresas y los hogares. Y sin el corazón bombeando sangre, la economía comenzó a pararse en seco, afectando principalmente a aquellos países que más lejos habían llegado con el ‘boom’ inmobiliario y que acumulaban más deuda exterior –y, por tanto, dependían más de la financiación de otros- y un mayor déficit por cuenta corriente. Es decir, todos ellos apartados en los que España, desgraciadamente, destacaba. Lehman, simplemente, fue el accidente que destapó los serios problemas que arrastraba la economía española.

CON CARÁCTER INMEDIATO

Las bofetadas más inmediatas se vieron en los mercados. El Ibex 35 se dejó un 6% en septiembre y un 17% en octubre. Como consecuencia, la riqueza financiera que las familias tenían en participaciones de capital y fondos de inversión, que según los datos del Banco de España superaba los 800.000 millones de euros en 2007, despidieron 2008 en los 542.000 millones. Y a finales de marzo de 2009 se hundió hasta los 460.000 millones. El impacto, por tanto, en la riqueza de las familias fue brutal.

El euríbor a 12 meses, la gran referencia para las hipotecas a tipo variable en España, también reflejó las tensiones financieras y la sequía del mercado interbancario, cerrado a cal y canto tras el hundimiento de Lehman porque los bancos no se fiaban de prestarse dinero entre sí y porque querían retener todo el dinero que podían ante lo que pudiera ocurrir. Y así, el 9 de octubre, el euríbor llegó más alto de lo que nunca antes lo había hecho en un solo día. El 9 de octubre escaló hasta el 5,512%, que aún hoy sigue siendo su récord.

Y la deuda, toda la deuda acumulada en España para financiar los años de la burbuja, emergió ahora como una losa. En ese momento, el problema era de deuda privada, no pública. En el caso de las familias, y de nuevo según las estadísticas del BdE, acumulaban unos compromisos financieros de 912.000 millones a finales de 2008, el doble que en 2004 y tres veces más que en 2001. De este total, el 75% correspondía a préstamos vinculados a la compra de vivienda. Lo mismo que a las empresas, a las que el estallido de Lehman les cogió con una deuda acumulada de 1,2 billones de euros, un volumen sin precedentes. Es decir, más deuda que nunca, sobre todo hipotecaria en el caso de las familias… expuesta a lo que pudiera pasar con el empleo y la economía.

Y lo que pasó no fue bueno. El paro, que en 2007 cayó en España a un mínimo histórico del 7,9%, comenzó a repuntar durante 2008 para terminar el año en el 13,8% e iniciar una fatídica ascensión que no paró hasta 2013, cuando llegó al 26,9%. De manera mucho más gráfica: España, que en el mejor momento de 2007 sólo contaba 1,177 millones de parados, pasó a tener 6,278 millones en el peor momento de 2013, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

El precio de la vivienda comenzó a darse la vuelta de manera brusca para acumular una caída del 40% desde los máximos previos al estallido de la crisis. Y también cayeron los salarios, afectados por una devaluación interna que sustituía a la devaluación cambiaria que España ya no podía hacer. Según los datos del Índice de Precios del Trabajo que calcula el INE, los sueldos cayeron un 1,4% entre 2008 y 2016, un dato al que habría que añadir que en este intervalo la inflación acumulada fue del 10,2%, con lo que la pérdida de poder adquisitivo de los salarios superó el 10% en ese periodo.

La economía, además, empezó a contraerse justo cuando quebró Lehman, en el tercer trimestre de 2008. A partir de ahí enganchó seis trimestres consecutivos de recesión. En 2009, la economía española se contrajo un 3,6%, el peor dato de las últimas décadas.

SEGUNDA OLEADA

Para paliar semejante frenazo, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero tiró de gasto público. Y fue entonces cuando comenzó a forjarse la segunda oleada de la crisis en España, la protagonizada por el déficit público y la deuda pública, que no es que fueran efectos directos de Lehman, pero sí colaterales, porque empezaron a convertirse en un problema a partir del colapso posterior a la quiebra del banco.

A finales de 2007, la deuda pública española apenas equivalía al 35% del Producto Interior Bruto (PIB). Al término de 2008, y tras un déficit público del 4,4% durante ese año, escaló al 39%. Se disparó hasta el 53% en 2009 tras un espectacular déficit del 11% durante ese año. Y así, a golpe de un déficit tras otro, la deuda pública fue cebándose hasta superar el 90% en 2013 y alcanzar el 100% del PIB, una proporción de la que apenas se ha alejado desde entonces. Y así. España, que antes de la crisis pagaba menos de 15.000 millones de euros al año por los intereses de su deuda pública, abona ahora una factura de 30.000 millones. Y eso que lleva años financiándose más barato que nunca sobre la base de la expansiva política monetaria del Banco Central Europeo (BCE).

Por el camino, los sucesivos rescates de Grecia, Irlanda y Portugal señalaron a España, que estuvo contra las cuerdas en 2012, ya con el Gobierno de Mariano Rajoy, que en junio se vio obligado a pedir un rescate bancario. Únicamente la trascendental participación del presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, que en julio de 2012 se comprometió a “hacer lo que sea necesario” para salvar al euro, alivió las dificultades de España y selló las costuras de un euro que se deshilachaba.

Fue en este trayecto cuando el paro se acercó al 27% y cuando la economía española encadenó 11 trimestres consecutivos de contracción, desde el primero de 2011 hasta el tercero de 2013. A partir de entonces comenzó una recuperación que aún hoy perdura.

UNA SOMBRA ALARGADA

Como también perduran varias de las herencias, porque la sombra de la crisis es lo suficientemente alargada como para que se haya ido del todo. Se observa en unos tipos de interés que en la Eurozona se encuentran todavía en el 0% en el caso de los oficiales y en el -0,40% en el caso de los de la facilidad de depósito. Siguiendo su estela, los depósitos bancarios apenas rentan un 0,1% y las letras del Tesoro muestran rendimientos inferiores al 0%, con lo que el ahorro más conservador tiene que salir de sus lugares habituales si quiere obtener una rentabilidad superior al 2% en el que vuelve a estar la inflación. También se refleja en el euríbor, instalado también en niveles inferiores al 0% desde febrero de 2016.

Hay más herencias. Como esa deuda pública cercana al 100% del PIB. O los 30.000 millones en intereses. O unos salarios que no terminan de subir. O un paro que, pese a estar bajando, aún se encuentra en el 15,3%. Y eso que la economía española lleva creciendo cinco años. Pero es que los cinco anteriores, los que siguieron a Lehman, fueron dramáticos.

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