Bolsa | Especial Lehman (III)

Los siete pecados capitales que condenaron a Lehman Brothers

En su obsesión de convertirse en el rey de Wall Street, Richard Fuld llevó a Lehman Brothers hasta el extremo... y más allá, tal como evidencia su histórico y fatal desenlace.
Pedro Calvo / Invertia
martes 11 de septiembre de 2018  -  06:00

Richard Fuld. Un tipo duro. Arrogante, que no es Wall Street un lugar como para andarse con miramientos. ‘El Gorila’. Durante dos décadas gobernó la resurrección de Lehman Brothers, pero no supo, o no quiso, frenar a tiempo. Y cuando la música paró, él, que bailó de los que más, se quedó en la pista. A la vista de todos. Y no encontró ningún perdón para sus siete pecados. 

I. Lujuria. Fuld no lo podía contener. Cuando se hizo con las riendas del banco en 1993, momento en que recuperó su esencia como firma independiente tras una década con American Express, lo afrontó como un reto personal. Llevaba en el banco desde 1969 y su voluntad no era otra que la de situar al nuevo Lehman en lo máximo. No uno de los más grandes, sino el más grande de todos. Este desmesurado deseo, creciente con el tiempo, condujo al banco a compras e inversiones arriesgadas de las que no supo frenar ni salir a tiempo.

II. Avaricia. A Fuld no le bastó con haber llevado a Lehman de perder 102 millones de dólares en 1993 a ganar 1.699 millones de 2003. Quería más. Nada de ser el cuarto mayor banco de inversión de Wall Street. Su sueño, su obsesión, era ser el primero. Y en 2003 y 2004 compró hasta cinco sociedades hipotecarias, varias de ellas dedicadas a las hipotecas de mayor riesgo. La apuesta parecía dar resultado. Los beneficios alcanzaron los 2.369 millones en 2004. Saltaron hasta 3.260 millones en 2005. Y hasta los 3.960 en 2006. Y ya en 2007 superaron los 4.000 millones. Y ya. Porque el cántaro hipotecario, que empezó a agrietarse en 2006, se rompió ya en mil pedazos en 2008. Como el sueño de Fuld.

III. Gula. Durante los años de gestación de la burbuja hipotecaria, Lehman fue de los que apostó más fuerte. Su balance devoró inversiones inmobiliarias y papel hipotecario. La firma compró sociedades hipotecarias para meter más carbón en la caldera. Y luego, cuando estalló la crisis, cuando el precio de los activos inmobiliarios y de los títulos soportados por préstamos hipotecarios se hundió, no encontró la forma de digerir todo aquello.

IV. Pereza. En mayo de 2008, Lehman comunicó al mercado que sus posiciones inmobiliarias e hipotecarias superaban todavía los 90.000 millones de dólares. Casi el 14% de su activo y casi cuatro veces su capital. Lo dijo en medio de una agresiva campaña de comunicación con la que pretendía exhibir la buena salud financiera de la que gozaba la entidad. Pero no lo consiguió. Todo lo contrario. El mercado vio en aquellas cifras la demostración de que Fuld se resistía a encarar la realidad y a ajustar la valoración de sus activos a la nueva situación del mercado. Es decir, a aplicar un tijeretazo que, en caso de hacerlo, posiblemente hubiera consumido todo el capital de la entidad. Esa doble parsimonia, primero a la hora de quitarse del balance todos esos activos y luego a la hora de valorarlos de manera más justa, pesó en el final del banco. 

V. Envidia. Uno de los grandes pecados de Fuld. No le bastaba con el imponente crecimiento de Lehman bajo su mandato. Y no sólo quería más. Quería el trono de Goldman Sachs. Envidiaba la condición de la que esa entidad gozaba en Wall Street, y esa envidia se filtró en las reuniones que mantuvo con el secretario del Tesoro, Hank Paulson. Fuld no parecía dispuesto a que Paulson, un exGoldman, le dijera lo que tenía que hacer ni que lo salvara.

VI. Soberbia. Fuld no lo pudo soportar. ¿Quién era Paulson para decirle lo que tenía que hacer? ¿O Ben Bernanke, por mucho que fuera el presidente de la Reserva Federal (Fed)? ¿O cualquier otro dirigente de la Fed? ¿Qué era eso de que el famoso inversor Warren Buffett exigiera tantas condiciones y, en su opinión, tan onerosas, para entrar en el capital de Lehman? Él era quien conocía al banco, lo que había y dejaba de haber en su balance, lo que necesitaba la entidad, el que estaba convencido de que la situación se arreglaría… Él era Lehman. "Fuld tiene una mentalidad de búnker. Culpó a los mercados, culpó a los bajistas. La verdad es que gente calificada se lo advirtió varias veces y él no quiso escuchar”, declaró Lawrence McDonald, exvicepresidente de Lehman a Reuters.

VII. Ira. Otro de los pecados del presidente de Lehman. Al enfocar de manera personal los problemas de la última etapa del banco, no tomaba la distancia suficiente como para hacer un análisis más crítico y reflexivo de la delicada situación en la que se encontraba la entidad. Sintió ira, profunda, contra los inversores cortos que entraron en Lehman a la espera de que el valor se despeñara; contra Paulson; contra los que, a su juicio, sólo querían comprar Lehman o proporcionar capital a precios deshonrosos para una entidad tan legendaria en Wall Street… Tras el fatídico desenlace del segundo fin de semana de septiembre, Fuld se quedó con su ira. Pero sin su banco.

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