CULTURA

Maradona, el crack que se dio de bruces contra el cielo

GRUPO ZETA

Maradona, el crack que se dio de bruces contra el cielo

Diego Armando Maradona no solo llegó a ser el mejor futbolista de la historia; también fue el primero de todos ellos en cobrar cantidades obscenas de dinero, y en experimentar a tiempo completo la vida en el candelero y los niveles extraordinarios tanto de amor como de odio. La suya es una vida de película y, de hecho, la película sobre su vida llega ahora a los cines. Dirigido por el británico Asif Kapadia, el documental 'Diego Maradona' se centra en los siete años (1984-91) que el astro argentino pasó jugando en el Nápoles, que representan la etapa más larga y fecunda de su carrera: a lo largo de ella llevó a un equipo hasta entonces mediocre a la consecución de dos Scudetti, y entretanto ganó el Mundial de 1986 con su selección. Escaló las cumbres más altas, pero al mismo tiempo inició un tránsito por el infierno que, etapa a etapa, se ha prolongado hasta hoy.

ASCENSO A GOLPES 

Maradona empezó a tomar cocaína mucho antes, durante su etapa en el F.C. Barcelona (1982-84). «Una raya», recuerda él mismo en la película, «y me sentí como Superman». Su afición a la fiesta lo mantuvo enfrentado a la dirección del club, y su mala suerte durante las lesiones le impidió brillar sobre el campo. Su último partido de azulgrana, la final de la Copa del Rey de 1984 –en la que el equipo fue derrotado por el Athletic de Bilbao–, acabó en batalla campal; el argentino acabó dejando el campo con la camiseta hecha trizas, tras repartir varias patadas voladoras y noquear a alguien de un rodillazo. Durante el vuelo a Italia, les dijo a los reporteros que en Nápoles esperaba «encontrar la paz». Maradona es la primera persona de la historia que viajó a Nápoles –una ciudad en la que por entonces había un asesinato al día– en busca de paz.

El jugador, a su paso por el Barça, en un partido contra el Athlético de Madrid, en 1983.  / RICARD FADRIQUE

DIME CON QUIÉN ANDAS

Nada más llegar a Nápoles, el futbolista se vio arrojado al centro del caos; la fama le privó del más mínimo espacio para respirar. Halló refugio en las profundidades de la vida nocturna, donde entró en contacto con uno de los jefes de la Camorra, Carmine Giuliano. «Cualquier problema que tengas también es mi problema», le dijo este, y se convirtió en su principal proveedor de drogas. Solo un año después de llegar, la adicción de Maradona a la cocaína era tan grave que, al parecer, incluso la consumió en el baño del papa Juan Pablo II durante la audiencia privada que el Pontífice concedió a su equipo en 1985.

Su otra adicción eran las mujeres. Según afirmó su chófer de la época, Pietro Pugliese, en Italia Maradona durmió con más de 8.000 mujeres; en 1986 una de ellas dio a luz un hijo suyo, y lo presentó al mundo por televisión. Entre los telespectadores estaba Claudia, la novia del astro, por entonces embarazada.

GOLPE DE GRACIA

Su idilio con la afición napolitana terminó cuando dejó de ganar o, mejor, cuando ganó para el equipo rival. Diego marcó para Argentina el penalti con el que Italia fue eliminada de su propio mundial en 1990, y lo hizo en el estadio del Nápoles. A partir de ese momento, Maradona perdió la protección que hasta entonces le habían proporcionado la prensa, los jueces y quienes pagaban su sueldo; sus indiscreciones, pues, salieron en tromba a la luz. A principios de 1991, su nombre copó los titulares por su supuesta vinculación con una red de tráfico de drogas de la Camorra. Finalmente solo fue condenado por posesión de cocaína; su pena fue suspendida. Meses después, dio positivo en un test antidopaje tras un partido, y fue apartado del fútbol durante 15 meses. Cuando en 1984 llegó a la ciudad, 85.000 personas lo recibieron en el aeropuerto. Siete años después, al irse, se había quedado solo.

LA CAÍDA QUE NO CESA

Meses después, dieron la vuelta al mundo las imágenes de su detención en su casa de Buenos Aires por posesión de drogas, en las que aparecía obviamente enajenado. Llegó al Sevilla F. C. en 1992, gordo y lento, y duró solo una temporada en la capital hispalense. De regreso en Argentina, fue contratado por el Newell’s Old Boys e inmediatamente despedido por faltar a demasiados entrenamientos (los periodistas que se apostaron en la puerta de su casa para obtener declaraciones fueron recibidos a balazos).

En 1994 fue expulsado del Mundial de Estados Unidos tras dar positivo por efedrina, y de nuevo suspendido durante 15 meses. Trató de reconvertirse en entrenador al frente del Racing de Avellaneda, pero el club prescindió de él tras comprobar que las drogas y el alcohol ocupaban todo su tiempo. Pese a ello, Boca Juniors, el equipo que lo había convertido en estrella, lo contrató de nuevo como jugador, pero duró poco: en el primer partido de liga de 1997, volvió a dar positivo por cocaína. Su carrera había acabado.

En el 2000, fue ingresado en un hospital de Uruguay con graves problemas de corazón, y de allí se trasladó a La Habana para pasar el que sería el primero de varios periodos en Cuba con el fin de curar su adicción. En el 2004, más insuficiencias cardiacas y pulmonares lo llevaron al borde de la muerte, y un año después se sometió a una operación de reducción de estómago en Cartagena (Colombia); por entonces, su cuerpo de 167 centímetros de altura pesaba 121 kilos.

Con su novia,  Rocío Oliva, en Moscú, en la final del Mundial de Rusia.  / KIRILL KUDRYAVTSEV  (AFP)

Desde entonces hasta ahora, no han cesado ni sus problemas de salud –hace solo unas semanas dejó su puesto como entrenador de un equipo de la segunda división mexicana, los Dorados de Sinaloa, para operarse del hombro y las rodillas– ni sus escándalos: el año pasado fue cazado sucesivas veces en público en evidente estado de embriaguez –la más notoria de ellas, en la grada durante un partido del Mundial del Rusia–, y este mismo año ha reconocido la paternidad de tres niños nacidos en Cuba.

DESTINO SELLADO

Hay quienes sostienen que para explicar la trayectoria de Maradona basta con retroceder al día de su nacimiento en Villa Fiorito, un lugar mísero donde aprendió que las reglas están para romperse. O, al menos, al día en el que quedó claro que aquel chaval era un genio con el balón, y por tanto una mina de oro que explotar y explotar hasta la última pepita. Desde entonces, durante décadas, a Maradona se le repitió una y otra vez que era algo parecido a Dios, y que por tanto estaba por encima del bien y del mal. Su gran error fue creérselo.

Gráficos relacionados