Opinión

De deuda, quitas y un embrollo financiero descomunal

Pedro Calvo

Pedro Calvo

Pedro Calvo

Pedro Calvo

De deuda, quitas y un embrollo financiero descomunal

Hace unos años, le pregunté a un economista español con un cargo muy alto en una institución europea si la deuda estaba para pagarse o para reestructurarse. Eran los tiempos de la crisis de la deuda soberana en la Eurozona, con rentabilidades por las nubes y primas de riesgo impropias de una Unión Económica y Monetaria. Sonrió. Aunque era una reunión privada, respondió lo que debía: "Para pagarse"

Más recientemente, le pregunté a otro profesor que nos estaba impartiendo una clase si no le preocupaba el elevado volumen de deuda que el mundo iba acumulando. Respondió que no le parecía un problema mayor, que no le inquietaba especialmente, que era un asunto que le dejaba frío. 

Ahora, a comienzos de 2019, no dejo de dar vueltas a ambas preguntas y, sobre todo, a ambas respuestas. Porque a mí la deuda amontonada en todo el planeta no me deja nada frío y porque me cuesta creer que toda esa deuda se pueda pagar

"En los últimos años se ha comprado de todo. Desde bonos con intereses negativos hasta deuda emergente a 100 años"

En octubre del año pasado, el Fondo Monetario Internacional (FM) actualizó su contador de deuda. No dijo nada nuevo cuando subrayó que hay más que nunca. Para ser exactos, 182 billones de dólares, cerca de 160 billones de euros. Y subiendo, porque la montaña no deja de crecer tras años en los que las alegres políticas monetarias de los bancos centrales han intentado evitar males aún mayores en la economía, pero a cambio de generar otros incentivos, como el de endeudarse por lo barato que ha resultado y porque en el mundo ha habido tanto dinero que se compraba de todo. Desde bonos con intereses negativos hasta deuda a 100 años de países emergentes con un sospechoso historial financiero. 

La deuda no es un problema hasta que lo es. Es decir, hasta que el emisor que quiere renovarla no puede porque no hay nadie dispuesto a comprarla al otro lado de la barra o porque a ese otro lado le piden un interés tan alto para cubrir el riesgo de renovarla que el emisor termina dándose por vencido. Esto es, levantando la mano y pidiendo ayuda financiera al FMI o a otro organismo o mecanismo internacional para conseguir el dinero que no tiene ni puede conseguir en el mercado o haciendo directamente un impago.

Hasta entonces, la sensación es que la deuda, sobre todo la pública, no molesta, como si no llevara intereses asociados. En el caso de España, la factura de los intereses, que en 2007 era inferior a los 15.000 millones de euros, se mueve ahora en torno a los 30.000 millones. Y eso con los tipos de interés oficiales al 0% y con el Tesoro Público emitiendo deuda a unos rendimientos históricamente bajos e incluso inferiores al 0% en el caso de las letras. 

En cierto modo, es una salida lógica. Siempre es más cómodo salir al mercado para pedir el dinero que se necesita y no se tiene que salir al balcón y pedírselo a los ciudadanos con más impuestos. Lo segundo duele al bolsillo hoy, lo primero... Dios proveerá.

"¿Es posible romper la adicción del mundo a la deuda y los bajos tipos? ¿Es posible reducir de verdad la deuda sin quitas?"

El matiz reside en la capacidad de aguante de los emisores, públicos y privados, ante un cambio de escenario como el actual, con los bancos centrales drenando liquidez y subiendo los tipos de interés o preparándose para hacerlo, con bruscos movimientos en los tipos de cambio y con un crecimiento que languidece y que puede tener impacto en las cuentas de resultados y los ingresos fiscales. ¿Están preparados los países, las empresas, el mundo para soportar este nuevo escenario de costes más altos e ingresos inciertos? ¿Es posible romper la adicción de la economía mundial a la deuda y los bajos tipos de interés? ¿No existe otra fórmula para crecer? Y el más difícil todavía: ¿acaso es posible reducir de verdad el nivel de deuda sin quitas, es decir, sin que los inversores sufran pérdidas considerables por haberla comprado? ¿O es que, en realidad, emisores e inversores son muy conscientes de este riesgo y aceptan mutuamente que lo mejor, en este caso el mal menor, es seguir dando una patada hacia adelante a la deuda renovándola y ya está? 

Preguntas y más preguntas. Porque así llega el nuevo año. Con muchas dudas y pocas certezas. Aunque ya lo saben: la deuda está para pagarse y no es un problema. Ojalá sea verdad. 

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